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Puras cosas maravillosas

Cómo vivir deprimido y no morir en el intento

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Por Roberto Marmolejo Guarneros

“Tienes siete años. Tu mamá está en el hospital. Tu papá dice que ella hizo algo estúpido. Le cuesta trabajo ser feliz. Entonces tú empiezas a hacer una lista de todas las cosas maravillosas que hay en el mundo. Todo por lo que vale la pena vivir”.

Hay textos dramáticos que crecen y se fortalecen cuando los interpreta un determinado actor; hay actores que potencian su talento con un texto dramático apasionante y efectivo.

Pablo Perroni, protagonista del monólogo Puras Cosas Maravillosas, que sigue representando todos los martes en el Foro Lucerna desde el año pasado, es un ejemplo cabal, límpido del primer caso descrito en el párrafo anterior.

Puras cosas maravillosas

La primera vez que me topé con Perroni fue en un montaje de lamentable memoria: Vestuario (sicazo) de hombres, una ¿obra? del muchas veces acertado y afortunado y otras detestable Javier Dualte, creador escénico argentino de trayectoria muy desigual.

Perroni era el entrenador de un equipo de lacrosse, que intentaba controlar a los enloquecidos (jóvenes y guapos) jugadores en una final (o algo así). Dirigida por un tal Eric Morales, aquello desbarrancaba entre gritos, bonitas nalgas, palabras altisonantes y un desmadre escénico y actoral de “proporciones épicas” (inevitable el lugar común, porque aquello sí era épico).

En ese momento, Perroni me pareció un actor mediocre.

Tiempo después, me encontré que junto con su pareja –la talentosa y simpatiquísima Mariana Garza (sí, la de Timbiriche)-, iban a recobrar el Teatro Milán, sede de la compañía de la Universidad Veracruzana, cerrado después de los terremotos del 85 y donde había pasado mis años adolescentes viendo grandes, grandísimos montajes.

Conoce más del Teatro Milán 

Desde entonces lo sigo y he cambiado mi opinión: Pablo Perroni no es mediocre; ni nada que se le acerque. Es un actor que trabaja oficiosamente; se compromete con los proyectos y echa “toda la carne en el asador” en cada uno de sus papeles. Recordemos obras como Nerium Park (de Josep Maria Miró, dirección de Sebastián Sánchez Amunátegui); Sólo quiero hacerte feliz (de Alan Ayckbourn, dirección de Juan Ríos Cantú) y Aquí y ahora (de Catherine-Anne Toupin; dirección de Hugo Arrevillaga).

Con el monólogo Puras cosas maravillosas, de Duncan Macmillan y Jonny Donahoe, despliega sus crecidos talentos dramáticos y convierte un texto muy sencillo y sentimental –pero de buenísima anécdota- en un tour de force teatral, imposible de ignorar.

Puras cosas maravillosas

Lo corroboran las lágrimas y risas del público; los aplausos al final de la obra y la actitud y sudor de Perroni en todo el monólogo.

La elección de temas de soul que puntúan musical y dramáticamente el monólogo y lo inyectan de la agridulce emoción de este género de raíces negras, suman en la creación de una melancólica atmósfera en la cual, el perpetuamente deprimido protagonista -¿distimia?- buscará la forma menos infeliz de ser feliz.

Por supuesto, la dirección de Sebastián Sánchez Amunátegui es básica, exigente y solidaria –a la vez- con el actor, al que empuja a no detener su energía ni su esfuerzo hasta convencernos y conmovernos.

El imparable crecimiento actoral de Pablo Perroni tiene su acta de confirmación en Puras cosas maravillosas. Háganse un favor y vayan a verlo; no se la pierdan.

Perroni seguirá dando funciones de Puras cosas maravillosas cada martes hasta el 31 de mayo en el imprescindible Foro Lucerna a las 20.45 hrs.

Puras cosas maravillosas

Boletos y horarios aquí: Teatro Milán, martes 20:45 

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